Por Yasmina Grimaldos
Hay acontecimientos en la vida que cambian por completo la manera en que miramos el mundo, y el nacimiento de un hijo es, sin duda, uno de ellos.
A partir de ese momento comenzamos a descubrir la infancia desde otra perspectiva. Hay gestos, preguntas, emociones y maneras de estar en el mundo que despiertan nuestra curiosidad y nos invitan a observar con más atención. Muchas veces no se trata de una preocupación, sino de la intuición de que cada niño experimenta el mundo de una manera única.

Con el tiempo descubrimos que esa pregunta transciende cualquier diagnóstico o condición. Hay niños que observan el mundo con una intensidad particular, hacen preguntas inesperadas, se detienen en detalles que otros pasan por alto o viven sus emociones con una profundidad que, a veces, desconcierta a los adultos que los rodean.
Podemos encontrar palabras para descubrir esas diferencias, pero incluso después de hacerlo queda algo que ninguna definición alcanza a transmitir del todo: cómo percibe el mundo un niño que lo experimenta de una manera distinta.
Los adultos solemos buscar respuestas en investigaciones, cursos o libros; los niños, en cambio, descubren el mundo a través de las historias. Quizás por eso la literatura infantil tiene una capacidad única: no necesita explicar una experiencia para acercarnos a ella.

Basta con acompañar a un personaje durante unas pocas páginas para empezar a mirar el mundo desde otra perspectiva.
Los cuentos no nos dicen qué pensar, sino que nos invitan a mirar. Nos permiten entrar, por un momento, en el mundo interior de otro niño y descubrir que no existe una única forma de sentir, aprender, imaginar o habitar el mundo. Cuando eso ocurre, la conversación cambia: dejamos de preguntarnos “¿Qué sucede con este niño?” Y comenzamos a preguntarnos “¿Cómo percibe el mundo? ¿Qué está intentando comunicar?”.

Boceto del libro Alonso, una mente rápida, de Yasmina Grimaldos con ilustraciones de Mariana Rio (lanzamiento: enero 2027)
Quizás ese sea uno de los mayores regalos de la literatura infantil. Nos ayuda a suspender el juicio, a mirar con más curiosidad y recordar que detrás de cada conducta siempre hay una historia que merece ser escuchada antes que interpretada.
La llegada de un niño a nuestra vida también transforma nuestra manera de mirar la infancia. Nos invita a bajar el ritmo, recuperar la capacidad de asombro y, muchas veces, reencontrarnos con ese niño que alguna vez fuimos. Desde ese lugar resulta más fácil reconocer que no todos sienten, aprenden o se relacionan con el mundo de la misma manera.

Con demasiada facilidad describimos a un niño como distraído, intenso, desobediente, tímido o inquieto. Sin embargo, detrás de cada una de esas palabras puede haber una forma distinta de experimentar el mundo. Quizás ese niño no necesite que alguien lo cambie, sino que alguien se detenga a mirar con curiosidad aquello que está intentando comunicar.
Esa invitación a mirar con mayor atención resulta especialmente valiosa cuando hablamos de neurodivergencia, aunque va mucho más allá. Nos recuerda que cada niño merece ser visto antes que definido por una etiqueta, una dificultad o una conducta. Después de todo, la infancia no tiene una única forma de vivirse: cada niño observa, aprende, juega, siente y se relaciona con el mundo de una manera propia. Cuando esperamos que todos respondan igual, corremos el riesgo de interpretar las diferencias como problemas, en lugar de reconocerlas como parte de la diversidad humana.
Fue esa reflexión la que también transformó mi manera de escribir. Me pregunté cómo acercar estas conversaciones a los niños y comprendí que, mientras los adultos contamos con conceptos y explicaciones, ellos tienen los cuentos. Y los cuentos no entregan respuestas únicas: abren conversaciones, despiertan preguntas y crean puentes entre la experiencia de un personaje y la de quien comparte la lectura.

Boceto del libro Alonso, una mente rápida, de Yasmina Grimaldos con ilustraciones de Mariana Rio (lanzamiento: enero 2027)
Tal vez ese sea su mayor regalo. No solo permiten que un niño se sienta reconocido en una historia; también invitan a los adultos a hacer una pausa, dejar por un momento sus certezas y volver a mirar la infancia con ojos más curiosos, más abiertos y, quizás, un poco más parecidos a los de un niño.
Porque quizás el gran desafío de nuestra generación no sea cambiar a los niños, sino aprender a mirarlos mejor.
Comentarios (0)
No hay comentarios todavía. Sé el primero en comentar.